Yacía en su cama, Adela. Una joven profundamente herida por el vaivén de la vida. Su padre había sido comandante en la segunda guerra mundial, sin embargo, no pudo regresar, al menos no con vida. Fue un día por la tarde, cuando los soldados que lucharon junto a él, llevaron su memoria ya fallecida.
Su madre, por otro lado, murió dando a luz a su séptimo hijo. Quedando así, Adela, como cabeza de hogar, a cargo de 6 niños ¡que no tenían ni una década de edad! Sin embargo, recibían posada por parte de su tía, Marisol. No era lo más cómodo, ya que compartían todos la misma habitación, la cual incluía goteras, rastros de humedad y fugas en el ventanal. Además, su tía Marisol, poseía una malicia sin igual, mujer de unos 50 y tantos años, viuda y con 2 hijos, mateo e Ignacio, de 30 y 25 años respectivamente.
Marisol, quien había aceptado la “responsabilidad” de cuidar a sus 7 sobrinos (aunque en realidad lo hizo por los beneficios regionales que le serian otorgados) fue a levantar a Adela.
-“¡Adela! Levántese, ¿que no ve que va perder el día aquí acostada? Esto no es un hogar para desplazados, ¡O me trae la plata de las ventas de hoy o se largan!
Dijo Marisol, con las venas del rostro a punto de explotar de la ira.
-“¡Tía Marisol!”
-“¡Señora Marisol, para usted!”
-“Lo lamento, señora Marisol. No creo que pueda ir hoy, puesto que me siento indispuesta.”
-“¡Patrañas! Ya se lo advertí, o me trae la plata o se largan usted y sus mugrosos hermanos, ¡Bastardos!”
Adela no tuvo más remedio que levantarse de su cama a bañarse con la vieja cubeta, la cual tenia tantos agujeros, que al momento de lanzarse el agua era muy poca la que llegaba.
Lo cual es curioso, ya que Marisol, es la viuda del gran Antonio fontana, un celebre abogado de la época, el cual se dice que murió tras caer por las escaleras a sus 80 años, dejando así una gran fortuna a su esposa Marisol. Dicen las malas lenguas que fue la misma Marisol quien lo empujó, cansada de el y sus celos, decidió matarlo para poder por fin, después de un poco mas de 40 años ser libre. Pero bueno, eso es tema perdido, porque no hay la suficiente evidencia para probar que Marisol es culpable del asesinato de su querido marido.
Siendo así que Adela ya organizada, tomó rumbo a su trabajo de comerciante de alimentos importados en un fino puesto de madera artesanal, o coloquialmente dicho: su puesto de frutas encarretadas en el centro del pueblo. Estando ya aquí, bajo la braza del ardiente sol y el olor de su mercancía y la de unos tantos colegas, se encontraba ella navegando en la marea de sus densos pensamientos, a los cuales les daba una y mil vueltas. Viendo como a sus próximos 18 años, se le había escapado la vida viviendo entre la pobreza, la injusticia y la desigualdad que supone este mundo. Sin poder cumplir sus sueños, sin tener oportunidad de escalar más allá de lo que su situación se lo permite ¿Qué trabajo conseguirá una joven que no terminó el bachillerato, cabeza de hogar y aparentemente, según Marisol “vaga”? -Aunque permítanme tomarme el atrevimiento de decirles que contrario a lo anteriormente dicho, ¡Adela no era nada de eso! Diariamente despertaba a las 4 de la mañana para bañarse y preparar el desayuno de sus hermanos, a los cuales con mucho esfuerzo preparaba para ir a estudiar en una escuelita local, a ver si corrían con la suerte de salir de esa desgraciada vida que les había sido asignada; Para después salir corriendo a montar el puesto de frutas para intentar ganarse sus buenos pesitos, aunque no es que ganara muy bien que digamos; de 6 de la mañana a 6 de la tarde lograba reunir, en buenos días 300 monedas de plata, de las cuales, 200 eran para su tía.
Fue en ese momento, donde don Arturo, un reconocido comerciante del país, tocó su hombro para conseguir su atención.
- "¡Don Arturo! ¿Cómo le va? ¿Necesita algo?"
- "Te noto dispersa, Adela ¿pasa algo?"
- "No, no, lo de siempre, usted ya sabe. La pobreza y sus cosas."
- "¿Qué cosas Adelita querida? ¡trabaje duro y échele ganas! Que en par patadas está usted igual o mejor que yo." Dijo exaltado.
- "Ay don Arturo, ojalá las cosas fueran así de fáciles. Si con las ganas que le echo estoy así, no me imagino si le meto más.
-"Hágame caso y vera, señorita. Hasta luego."